Existe una tribu en África….

Existe una tribu en África, donde la fecha de nacimiento de un niño no se toma como el día en que nació, ni como el momento en que fue concebido sino como el día en que ese niño fue “pensado” por su madre.

Cuando una mujer decide tener un hijo, se sienta sola bajo un árbol y se concentra hasta escuchar la canción del niño que quiere nacer.
Luego de escucharla, regresa con el hombre que será el padre de su hijo y se la enseña. Entonces, cuando hacen el amor con la intención de concebirlo, en algún momento cantan su canción, como una forma de invitarlo a venir.

Cuando la madre está embarazada, enseña la canción del niño a la gente del lugar, para que cuando nazca, las ancianas y quienes estén a su lado, le canten para darle la bienvenida.
A medida que el niño va creciendo, cuando el niño se lastima o cae o cuando hace algo bueno, como forma de honrarlo, la gente de la tribu canta su canción.

Hay otra ocasión en la que la gente de la tribu le canta al niño.
Si en algún momento de su vida, esa persona comete un crimen o un acto socialmente aberrante, se lo llama al centro de la villa y la gente de la comunidad lo rodea. Entonces, le cantan su canción.
La tribu reconoce que la forma de corregir un comportamiento antisocial no es el castigo, sino el amor y la recuperación de la identidad. Cuando uno reconoce su propia canción, no desea ni necesita hacer nada que dañe a otros.
Y así continua durante toda su vida.

Cuando contraen matrimonio, se cantan las canciones juntas.
Y finalmente, cuando esta persona va a morir, todos en la villa cantan su canción, por última vez, para él.
Puedes no haber nacido en una tribu africana que te cante tu canción en cada una de las transiciones de tu vida, pero la vida siempre te recuerda cuando estás vibrando a tu propia frecuencia, y cuando no lo estás.
Sólo sigue cantando y encontrarás tu camino a casa.

Kafountine, Casamance, Senegal. El tiempo de la lluvia.

La noche me da caza pedaleando por Kafountine, mientras las luces se desperezan entre techos de paja y zinc y las mujeres, hombres, niños y niñas se deslizan entre sombras y requiebros: la vida bulle en el anochecer africano con colores enmascarados de tierra.

Todos van a algún lugar, es el momento de las citas, del recuento y la provisión; adheridos al planeta en cierta condición de levitación y ritmo de raíces.

Nos mezclamos entre olores a frutas fermentadas, barro acre y selva profunda. Moto-taxis djakartas, coches aniquilados por el peso de los años, bicicletas anacrónicas, burros tirando de carros atiborrados de mujeres y niños observantes con ojos de luciérnaga, pescadores con sus botas de agua hasta las rodillas y andares pesados. Mujeres de toda condición con mucho desparpajo en modos y perfumes agrios.

En un movimiento operístico manejan cada vida en su cuerda, en su tono, en su olor, caminando la vida con un suave balanceo. Los niños con los pies desnudos chapotean ritmicamente en el barro y sus protozoos.

No hay dos caras iguales, solo rostros profundos marcados por sus ancestros, polvo de estrellas en estado puro, agua de galaxias fuente donde se sembró la primera semilla humana, Mamá África. La Luna creciente se muestra por los huecos de las nubes y generosa regala reflejos y sombras al Baobab.. Las estrellas vibran en suspensión, como las partículas de polvo a través del haz de luz solar que entra por la ventana.

Apoyo la bici en una farola ciega y desvencijada, junto a la mesita y el hornillo de carbón donde Mame Djara, vestida de mil colores, se gana la vida reconfortando estómagos demandantes. La pido un té con hierbabuena, caliente, dulce, fuerte y suave al tiempo. Abro los ojos en un sueño y comprendo que agradecer no es un formalismo, es un acto de reconocer nuestra esencia y respetar toda forma de vida.

Ahmadu, mesando su barba rala me escudriña cómplice desde sus ojos escondidos entre arrugas, me hace un guiño y musita que las estrellas están más cerca de nosotros que la tierra de los blancos y que la luz viaja por “canales” en la oscuridad, apurando con un sonoro sorbo su vasito de té.
En el horizonte inmensas nubes se sublevan, dando paso a otra danza, como sinapsis neuronales, se iluminan en mil relámpagos y rayos; las nubes porfían en sus asuntos y viajes, pintando tonos en el océano, prestas a lanzar bocanadas de aire húmedo y salado a esta tierra de islas y manglares, de selvas y bosques sagrados, de personajes mitológicos. En el caos perfecto medra la pasión, el sabor dulce de labios carnosos, en el reencuentro de la piel mutando. Un canto al no saber absolutamente nada, que despoja vestiduras que atrapan el entendimiento.

De súbito el viento se torna díscolo y caprichoso arrastrando con un bramido la lluvia sobre todo lo visible. Las bombillas parpadean y desaparecen en agujeros negros, los árboles aúllan, en cambio se iluminan los rostros tornándose más humanos, sutilmente cercanos y misteriosos. Observo mi bicicleta mojándose, no parece importarle mucho; así que sigo su ejemplo y me monto en ella abalanzándonos en la negra noche, sorteando grandes charcas y arroyos que corren a toda prisa de vuelta al mar. La lluvia fresca en el rostro, levanta mi ánimo obligándome a sonreír, hasta la bici me sonríe con su manillar….

En el puerto, las piraguas con sus redes y aperos se resignan al chaparrón. Me acogen chamizos preñados de gentes que dan tiempo al tiempo, al amparo de velas y linternas Made in China que iluminan toda suerte de cambalaches. El puerto marinero a cobijo del temporal, es la esfera para filosofar, amar, dar o recibir; comprar o vender, alquilar o prestar cuerpos y quizás almas también.